Perdonar y olvidar
¿Es fácil perdonar? ¿Es posible salir del pasado?
Cuando era pequeña, perdonar resultaba ser algo sencillo; era algo que se me daba con mucha facilidad. Yo siempre creía en las disculpas de los demás y en la sinceridad de sus sentimientos. Por supuesto, esto se debía a que era muy pequeña y a penas tenia conciencia plena de lo que ocurría en mi entorno. Olvidaba fácilmente aquellas cosas que me sucedían y que me hacían sentir triste o enojada. Las cosas, según recuerdo, iban desde que me rompieran un juguete hasta molestarme por no poder ser yo misma. Al crecer, entendí que las palabras que decimos al disculparnos conllevan una carga inherente más allá de la simple articulación vocal y el gesto físico. Estas palabras siempre arrastran consigo emociones que —a veces entendemos y otras que no—, pensamientos, discusiones internas y horas de insomnio, que nos llevan a estados de ánimos poco sanos. Entonces comprendí que perdonar no era fácil y olvidar se hacía cada vez más complicado al mismo tiempo que iba madurando.
Crecí con un grupo de amigas; éramos seis, éramos muy unidas desde el jardín de niños hasta la secundaria. Hacíamos todo en grupo: salíamos, estudiábamos juntas y compartíamos. Sin embargo, nuestra amistad grupal se quebró un poco en el colegio por un problema entre dos amigas del grupo. Aunque suene exagerado, de manera inconsciente tuvimos que tomar bandos. El grupo tuvo problemas durante un tiempo pero éramos lo suficientemente pequeñas como para perdonar y no perder nuestro grupo de años por una discusión. El grupo se mantuvo por un tiempo más hasta que crecimos, dejamos de congeniar y la comunicación se fue esfumando.
Las diferencias se hacían más grandes entre mis amigas, la que fue mi mejor amiga y yo. Al final, todas fingimos que todo estaba bien y bajo control. Sé que algunas intentamos mantener la amistad a flote y fue inútil, mi mejor amiga de aquel momento se alejó de mi sin dar explicaciones cuando creía que éramos inseparables. Otra se separó completamente de su mejor amiga y del círculo. Quedamos unas pocas que aún intentamos mantenernos en contacto a pesar de no vernos más. Nunca hubo disculpas sinceras, y la solución se encontró en dejar de lado todo.
El olvido a veces ocurre de forma común, como ocurre al dejar nuestras llaves en un lugar y no recordar en donde la dejamos. Sin embargo, otras veces es más complejo de lo que parece. Retomando mi experiencia con este grupo de amigas, nunca se me hizo fácil olvidar, dejar todo atrás todo, a diferencia de otras personas. Me fue imposible olvidar los malos momentos, las incertidumbres, todas las veces que me pregunté si había hecho algo mal o el daño que ya estaba hecho.
Cuando crecí salí con un chico por primera vez y que, al principio me pareció encantador pero con el tiempo, me hizo sentir que había algo mal en mi, en mis creencias y en mis sentimientos. Gracias a eso, descubrí lo que no quería para mi vida y sobre todo, aprendí a perdonar a esta persona incluso mientras seguía empujándome a un acantilado lleno de odio que me era imposible de olvidar. Durante mucho tiempo le di el poder de dominar mi mente aquello que no puedo controlar: las actitudes ajenas, sus opiniones y las acciones que las personas eligen hacer. Pasé por una racha tan larga donde me cuestionaba si había algo mal conmigo, me saboteé tanto. Repasé todas las cosas que hice, que dije, que pude haber hecho y no hice, todo lo que callé y que intenté olvidar sin éxito porque no es fácil. Aún cuando logré perdonar en algunas ocasiones, siempre me encuentro en un rincón de mi mente tratando de empaquetar todos los recuerdos y sentimientos en cajas que quisiera lanzar por algún abismo de mi mente.
George Herbert: Aquel que no puede perdonar a otros, destruye el puente sobre el cual debe pasar él mismo.
Viajé, salí, conocí nuevas personas, pasó el tiempo. Por otro lado, cada que viajaba y contemplaba el paisaje a través de la venta siempre me hacía la misma pregunta: ‘¿Por qué me resulta tan difícil soltar todo, perdonar y olvidar?’. La respuesta vino a mi poco después en un viaje que hice. Siempre encuentro inspiración en la naturaleza, en el ambiente, en el sonido yo en su ausencia para poder escribir. En ese momento, el viento frío y la mano cálida de mi pareja me revelaron algo crucial: no existe un botón de ‘perdonar’ ni otro de ‘olvidar’. Me encontraba atrapada en una etapa de negociación, donde siempre me cuestionaba todo. La rumia me impedía avanzar, no podia ver todas las cosas buenas y felices de mi vida, manteniéndome atada al pasado.
Ahora que ha transcurrido tanto tiempo de todas estas experiencias y sabiendo que hice lo que estaba a mi alcance ¿Por qué torturarme por algo que no importa ni cambiará nada?. La respuesta es clara, no se trata de obligarse olvidar y/o perdonar, sino de aceptar las cosas y las situaciones tal como son. Debemos de entender que nada va a cambiar y gastar energía en todo ese proceso no aporta nada. Perdonar es difícil en muchas ocasiones, y borrar los recuerdos a voluntad es casi imposible. Lo que sí podemos es dar pequeños pasos hacia la aceptación para avanzar.
Leer, empezar un hobby, expresar nuestros sentimientos, vocalizarlos, volcar todos esos sentimientos en algo que nos conmueva, intentar algo nuevo o atrevernos a empezar algo que queríamos hacer hace tiempo es clave para avanzar. Para reencauzar nuestros pensamientos y salir de la rumia el primer paso es reconocer cada cosa que hemos hecho, lo mucho que hemos avanzado, que hemos crecido y aprendido. Aquella tarde fría, comprendí que perdoné a través de la aceptación, y que no puedo borrar mi memoria, sino aprender de todo lo que solía atormentarme.
Aceptar muchas veces, en este tipo de experiencias y similares es, a menudo, la puerta de salida que conduce del sufrimiento a la libertad emocional. El tiempo sigue siendo nuestro mejor amigo, sigue mostrándonos todo aquello que quizás no quisimos ver; aprendemos tanto de él, nos revela lo complejo que somos y la magnitud de nuestros cambios. Esa tarde, entendí que era hora de avanzar y soltar la pesada mochila con todas aquellas emociones que me arrastraban. Nada es sencillo, pero tampoco imposible. La realidad es que nada es igual que hace un tiempo, ni que hace meses o años, porque al fin encontré la llave de la jaula mental en la que me encontraba. Nada es igual que antes, y precisamente eso es lo mejor que pudo pasar.
Love, Ivana.
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Muchas personas confunden perdonar con claudicar ante algo o alguien. Perdonar no significa hacer como si nada hubiera pasado, creo que consiste justamente en las reflexiones que has hecho. Para mi perdonar supuso en mi vida dejar de vivir en el pasado y prepararme para afrontar lo que tenia en mi presente y mi futuro, dejando de regodearme en el dolor. Es como la diferencia entre el dolor y el sufrimiento. Algo puede doler, pero regodearse en ese dolor y padecerlo… es sufrimiento. Perdonar nos permite no quedarnos anclados al dolor, seguir adelante. Gracias por tu texto!
Coincido con todo tu relato y experiencia. Me pasó, me dolió, solté y me perdone.